miércoles, mayo 25

9 DIA FE EN EL ES COMO PERSONA DIVINA

 “A pesar de todo el Espíritu Santo sigue estando presente en el corazón de la
humanidad. Sigue preparando en cada hombre la venida del Salvador. Está presente en las aspiraciones profundas de los hombres, de las razas y de los pueblos”.

Michel Quoist

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”. Con estas palabras el símbolo niceno-constantinopolitano determina la fe de la Iglesia en el Espíritu Santo, reconocido como verdadero Dios, con el Padre y el Hijo, en la unidad trinitaria de la divinidad. Se trata de un artículo de fe, formulado por el primer Concilio de Constantinopla (381), tal vez sobre la base de un texto anterior, completando el símbolo de Nicea (325) (cf Denz.-S., Enchiridion symbolorum, 150).

 Esta fe de la Iglesia se repite de forma continua en la liturgia, que es, a su manera; no sólo una profesión, sino también un testimonio de fe. Así sucede, por ejemplo, en la doxología trinitaria que, por lo general, se usa como conclusión de las oraciones litúrgicas: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Así también en las oraciones de intercesión dirigidas al Padre, “por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”.

 También el himno “Gloria Dios en el cielo” posee una estructura trinitaria: nos hace celebrar la gloria del Padre y del Hijo juntamente con el Espíritu Santo: “...sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”.

 Esta fe de la Iglesia tiene su origen y se funda en la revelación divina. Dios se reveló definitivamente como Padre de Jesucristo, Hijo consubstancial, que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre, naciendo de la Virgen María. Por medio del Hijo se reveló el Espíritu Santo. El Dios único se reveló como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La última palabra del Hijo, enviado al mundo por el Padre, es la recomendación hecha a los Apóstoles: “haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Hemos visto en las catequesis anteriores los momentos de la revelación del Espíritu Santo y de la Trinidad en la enseñanza de Jesucristo.

 

Sobre la base de la revelación hecha por Jesús y transmitida por los Apóstoles, el símbolo profesa la fe en el Espíritu Santo, del que dice que es “Señor”, como es Señor el Verbo, que asumió una carne humana: “Tu solus Dominus... cum Sancto Spiritu”. Añade, también, que el Espíritu da la vida. Sólo Dios puede conceder la vida al hombre. El Espíritu Santo es Dios. Y, en cuanto Dios, el Espíritu es el autor de la vida del hombre: de la vida “nueva” y “eterna” traída por Jesús, pero también de la existencia en todas sus formas: del hombre y de todas las cosas (Creator Spiritus).

 Esta verdad de fe fue formulada en el símbolo niceno-constantinopolitano porque la consideraban y aceptaban como revelada por Dios mediante Jesucristo y estaban convencidos de que formaba parte del “depósito de la revelación” transmitido por los Apóstoles a las primeras comunidades, de las que pasó a la constante enseñanza de los Padres de la Iglesia.

 Además, el símbolo atribuye, de un modo totalmente particular, a esta tercera Persona de la Trinidad el ser el autor divino de la profecía: El es quien “habló por los profetas”. Así se reconoce el origen de la inspiración de los profetas del Antiguo Testamento, comenzando por Moisés (cf. Dt 34, 10) y hasta Malaquías, quienes nos han dejado por escrito las instrucciones divinas. Fueron inspirados por el Espíritu Santo. David, que era también él “profeta” (Hch 2, 30), decía eso de sí mismo (2 S 22, 2); y lo decía Ezequiel (Ez 11, 5). En su primer discurso, Pedro manifestó esta fe, afirmando que “el Espíritu Santo había hablado por boca de David” (Hch 1, 16) y lo mismo expresó el autor de la carta a los Hebreos (Hb 3, 7; 10, 15). Con gratitud profunda, la Iglesia recibe las Escrituras proféticas como un don precioso del Espíritu Santo, el cual se manifestó así presente y operante desde los comienzos de la historia de la salvación



Editado de la Catequesis del miércoles 31 de octubre de 1990, Juan Pablo II.

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