SAN JUAN DE AVILA
Después de su resurrección, Jesús se apareció a los once Apóstoles y les dijo: “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). El Apóstol y evangelista Mateo es quien, al final de su evangelio, refiere esta orden con que Jesucristo envía a los Apóstoles por todo el mundo para que sean sus testigos y continúen su obra de salvación. A esas palabras corresponde nuestra antiquísima tradición cristiana, según la cual el bautismo se suele administrar en el nombre de la Santísima Trinidad. Pero en el texto de Mateo se halla contenido también el que podemos considerar como último testimonio de la revelación de la verdad trinitaria, que comprende la manifestación del Espíritu Santo como Persona igual al Padre y al Hijo, consustancial a ellos en la unidad de la divinidad.
En efecto, la expresión evangélica de Mateo (28, 19) revela claramente al Espíritu Santo como Persona, porque lo nombra junto a las otras dos Personas de modo idéntico, sin sugerir ninguna diferencia al respecto: “el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo”. Del evangelio de Mateo resulta evidente que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas: “el Padre” es aquel a quien Jesús llama “mi Padre celestial” (Mt 15, 13; 16, 17; 18, 35); “el Hijo” es Jesús mismo, designado así por una voz venida del cielo en el momento de su bautismo (Mt 3, 17) y de su transfiguración (Mt 17, 5), y reconocido por Simón Pedro como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). A estas dos Personas divinas es ahora asociado, de modo idéntico, “el Espíritu Santo”. Esta asociación se hace aún más estrecha por el hecho de que la frase habla del nombre de los Tres, ordenando bautizar a todas las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En la Biblia la expresión “en el nombre de” normalmente sólo se usa para referirse a personas. Además, es notable el hecho de que la frase evangélica use el término “nombre” en singular, a pesar de mencionar a varias personas. De todo ello se deduce, de modo inequívoco, que el Espíritu Santo es una tercera Persona divina, estrechamente asociada al Padre y al Hijo, en la unidad de un solo “nombre” divino.
Reconocer al Espíritu Santo como Persona es una condición esencial para la vida cristiana de fe y de caridad.
La revelación del Espíritu Santo en su relación con el Padre y con el Hijo se puede ver también en el relato de la anunciación (Lc 1, 26-38). Según la narración de Lucas, el ángel Gabriel, enviado por Dios a una virgen que llevaba por nombre María, le anunció la voluntad del Padre eterno con las siguientes palabras: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1, 31-32). Y, cuando María preguntó cómo se realizaría eso en su condición virginal, el ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).
Por consiguiente, la revelación del Espíritu Santo como Persona subsistente en la unidad trinitaria de la divinidad es puesta de relieve de modo especial en el misterio de la Encarnación del Hijo eterno de Dios y en el misterio de la “adopción” divina de los hijos del género humano. Y en este misterio halla su constante cumplimiento el anuncio de Juan con respecto a Cristo, en el Jordán: “Él os bautizará en Espíritu Santo” (Mt 3, 11). Esta “adopción” sobrenatural se realiza en el orden sacramental precisamente mediante el bautismo “de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5).
Editado de: Catequesis
del miércoles 29 de agosto de 1990, Juan Pablo II.

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