La siguiente Catequesis es editada de la que dio el Papa Juan Pablo II del 3 de eenro de 1990:
En la Biblia, el término hebreo que designa al Espíritu Santo es ruah. El primer sentido de este término, así como de su traducción latina “spiritus”, es “soplo”, aliento, respiración. En español se puede aún observar el parentesco entre “espíritu” y “respiración”. El aliento es la realidad más inmaterial que percibimos; no se ve, es sutilísimo; no es posible aferrarlo con las manos; parece que no es nada, pero tiene una importancia vital: quien no respira no puede vivir. Entre un hombre vivo y un hombre muerto sólo existe esta diferencia: que el primero respira y el otro ya no. La vida viene
de Dios: el aliento, por tanto, viene de Dios, que lo puede también retirar (cf. Sal 103/104, 29-30). De estas observaciones sobre el aliento se llegó a comprender que la vida, depende de un principio espiritual, que fue llamado con la misma palabra hebrea ruah.
El aliento del hombre está en relación con un soplo externo mucho más potente, el soplo del viento. El hebreo ruah, como el latino “spiritus”, designa también el soplo del viento. Nadie ve el viento, pero sus efectos son impresionantes. El viento empuja las nubes, agita los árboles. Cuando es violento, entumece las olas y puede echar a pique las naves (Sal 107/106, 25-27). A los antiguos el viento les parecía un poder misterioso que Dios tenía a su disposición (Sal 104/103, 3-4). Se le podía llamar el “soplo de Dios”. En el libro del Éxodo, una narración en prosa dice: “El Señor hizo soplar durante toda la noche un fuerte viento del Este, que secó el mar, y se dividieron las aguas. Los israelitas entraron en medio
del mar a pie enjuto...” (Ex 14, 21-22). En el capítulo siguiente, los mismos acontecimientos son descritos en forma poética y entonces el soplo del viento del Este es llamado “el soplo de la ira de Dios”. Dirigiéndose a Dios, el poeta dice: “Al soplo de tu ira se apiñaron las aguas... Mandaste tu soplo, cubriolos el mar” (Ex 15, 8. 10). Así se expresa de modo muy sugestivo la convicción de que el viento fue, en estas circunstancias, el instrumento de Dios. De las observaciones que acabamos de hacer sobre el viento invisible y potente, se llegó a concebir la existencia del “espíritu de Dios”. En los textos del Antiguo Testamento, se pasa fácilmente de un significado al otro, e incluso en el Nuevo Testamento vemos que los dos significados se hallan presentes. Para hacer que Nicodemo entendiera el modo de actuar del Espíritu Santo, Jesús hace uso de la comparación del viento y se sirve del mismo término para designar tanto el uno como el otro: “El viento sopla donde quiere..., así es todo el que nace del Espíritu”, es decir del Espíritu Santo (Jn 3, 8).
La idea fundamental que expresa el nombre bíblico del Espíritu no es, por tanto, la de un poder intelectual, sino la de un impulso dinámico, comparable al impulso del viento. En la Biblia, la primera función del Espíritu no es la de hacer entender, sino la de poner en movimiento; no la de iluminar, sino la de comunicar un dinamismo.
Sin embargo, este aspecto no es exclusivo. También se expresan otros aspectos que preparan la revelación sucesiva. Ante todo, el aspecto de interioridad. El aliento, en efecto, entra al interior del hombre. En lenguaje bíblico, esta constatación se puede expresar diciendo que Dios infunde el espíritu en los corazones (cf. Ez 36, 26; Rm 5, 5). Al ser tan sutil, el aire penetra no sólo en nuestro organismo, sino también en todos los espacios e intersticios; es to ayuda a entender que “el Espíritu del Señor llena la tierra” (Sb 1, 7) y que “penetra”, en especial, “todos los espíritus” (7, 23), como dice el libro de la Sabiduría.
Con el aspecto de la interioridad está ligado el aspecto del conocimiento. “¿Qué hombre conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él?” (1 Co 2, 11). Sólo nuestro espíritu conoce nuestras reacciones íntimas, nuestros pensamientos aún no comunicados a los demás. De modo análogo, y con mayor razón, el Espíritu del Señor, que está presente en el interior de todos los seres del universo, conoce todo desde dentro (cf. Sb 1, 7). Más aún, “el Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios... Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios” (1 Co 2, 10-11).
Cuando se trata de conocimiento y de comunicación entre las personas, el soplo tiene una conexión natural con la palabra. En efecto, para hablar hacemos uso de nuestro soplo. Las cuerdas vocales hacen vibrar nuestro soplo, el cual transmite así los sonidos de las palabras. Inspirándose en este hecho, la Biblia establecía un paralelismo entre la palabra y el soplo (cf. Is 11, 4), o entre la palabra y el espíritu. Gracias al soplo, la palabra se propaga; del soplo la palabra toma fuerza y dinamismo. El Salmo 32/33 aplica este paralelismo al acontecimiento primordial de la Creación y dice: “Por la palabra de Yahveh fueron hechos los cielos, por el soplo de su boca toda su mesnada...” (v. 6). En textos semejantes, podemos vislumbrar una lejana preparación de la revelación cristiana del misterio de la Santísima Trinidad: Dios Padre es principio de la Creación; Él la ha realizado mediante su Palabra, es decir, mediante su Verbo e Hijo, y mediante su Soplo, el Espíritu Santo.
La multiplicidad de los significados del término hebreo ruah, usado en la Biblia para designar al Espíritu, es ante todo una riqueza, porque pone muchas realidades en comunicación fecunda. Aquí conviene renunciar, en parte, a las pretensiones de una racionalidad preocupada por la precisión, para abrirse a perspectivas más anchas. Nos ha de resultar útil, cuando pensamos en el Espíritu Santo, tener presente que su nombre bíblico significa “soplo” y tiene relación con el soplo potente del viento y con el soplo íntimo de nuestra respiración...
Como conclusión de este análisis terminológico de los textos del Antiguo Testamento sobre el ruah, podemos decir que de ellos el soplo de Dios aparece como la fuerza que hace vivir a las creaturas. Aparece como una realidad íntima a Dios, que obra en la intimidad del hombre. Aparece como una manifestación del dinamismo de Dios que se comunica a las creaturas.
Aún sin ser aún concebido como Persona distinta, en el ámbito del ser divino, el “soplo” o “Espíritu”, de Dios se distingue en cierto modo de Dios que lo manda para obrar en las creaturas.
Así, incluso bajo el aspecto literario, la mente humana queda preparada para recibir la revelación de la Persona del Espíritu Santo, que aparecerá como expresión de la vida íntima de Dios y de su omnipotencia.
(las imáges usadas son de pixabay)

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