Cuando la gente me pregunta: “¿Por
qué abrazó usted la Iglesia de Roma?”, la respuesta fundamental –aunque
en cierto modo elíptica- es: “Para librarme de mis pecados”, pues no hay
otra organización religiosa que realmente admita librar a la gente de
sus pecados. Está confirmado por una lógica que a muchos sorprende,
según la cual la Iglesia concluye que el pecado confesado y
adecuadamente arrepentido queda realmente abolido, y el pecador vuelve a
empezar de nuevo como si nunca hubiera pecado. Y esto me retrae
vivamente a aquellas visiones o fantasías de las que ya he tratado en el
capítulo dedicado a la infancia. En él hablaba de aquella extraña luz,
algo más que la simple luz del día, que todavía parece brillar en mi
memoria sobre los empinados caminos que bajaban de Campden Hill, desde
donde se podía ver, a lo lejos, el Palacio de Cristal.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.
Pues bien, cuando un católico se confiesa, vuelve realmente a entrar de nuevo en ese amanecer de su propio principio y mira con ojos nuevos, más allá del mundo, un Palacio de Cristal que es verdaderamente de cristal. Él cree que en ese oscuro rincón y en ese breve ritual, Dios vuelve a crearle a Su propia imagen. Se convierte en un nuevo experimento de su Creador, tanto como lo era cuando tenía sólo cinco años. Se yergue, como dije, en la blanca luz del valioso principio de la vida de un hombre. La acumulación de años ya no puede aterrorizarle. Podrá estar canoso y gotoso, pero sólo tiene cinco minutos de edad.
No estoy defendiendo aquí doctrinas
como la del sacramento de la penitencia, ni tampoco la doctrina
igualmente asombrosa del amor de Dios al hombre. No estoy escribiendo un
libro de controversia religiosa, de los que ya he escrito varios y
probablemente, si amigos y parientes no me lo impiden violentamente,
escriba algunos más. Aquí estoy ocupado en la malsana y degradante tarea
de contar la historia de mi vida, y sólo tengo que exponer los efectos
reales que estas doctrinas tuvieron en mis propios sentimientos y actos.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.
Dada la naturaleza de esta tarea, me interesa especialmente el hecho de que estas doctrinas parecen aglutinar toda mi vida desde el principio como ninguna otra doctrina podría hacerlo. Y sobre todo, solucionan simultáneamente mis dos problemas: el de mi felicidad infantil y el de mis cavilaciones juveniles. Han influido en una idea que –espero que no resulte pomposo decirlo- es la idea principal de mi vida; no diré que es la doctrina que he enseñado siempre, pero es la que siempre me hubiera gustado enseñar. Es la idea de aceptar las cosas con gratitud y no como algo debido.
El sacramento de la penitencia otorga una nueva vida y reconcilia al hombre con todo lo vivo, pero no como hacen los optimistas, los hedonistas y los predicadores paganos de la felicidad. El don tiene un precio y está condicionado por un reconocimiento. En otras palabras, el nombre del precio es la Verdad, que también puede llamarse Realidad: se trata de encarar la realidad sobre uno mismo. Cuando el proceso sólo se aplica a los demás, se llama Realismo.
Empecé siendo lo que los pesimistas
llamaban un optimista; he terminado por ser lo que los optimistas
probablemente llamarían un pesimista. En realidad, no he sido nunca ni
lo uno ni lo otro, y ciertamente no he cambiado lo más mínimo. Empecé
defendiendo los buzones de correos y los rojos ómnibus victorianos
–aunque fueran feos- y he acabado por denunciar la publicidad moderna o
las películas americanas –aunque sean bonitas.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.
Lo que intentaba decir entonces es lo mismo que intento decir ahora. Incluso la más profunda revolución religiosa sólo ha logrado confirmarme en el deseo de decirlo, porque, desde luego, jamás vi las dos caras de esta sencilla verdad formuladas juntas en ningún sitio hasta que abrí el ‘Penny Catechism’[1] y leí las siguientes palabras: “Los dos pecados contra la esperanza son la presunción y la desesperación”.
[1]
Las raíces del ‘Catecismo de la doctrina cristiana’ se remontan al
siglo XVI. Fue redactado por los disidentes anglocatólicos (English
Catholic Recusants) exiliados en el norte de Francia. Cientos de
generaciones de escolares ingleses lo han conocido como ‘Penny
Catechism’ [Nota de Olivia de Miguel].
tomado de: https://chestertonblog.com/2014/06/12/chesterton-el-sentido-de-mi-existencia-agradecimiento-por-el-diente-de-leon/
