sábado, mayo 7

5 DIA EL ES ENTRE JESÚS Y MARIA

 “El Espíritu es también para nuestra época el agente principal de la nueva evangelización. Será, por tanto, importante descubrir al Espíritu como Aquel que construye el Reino de Dios en el curso de la historia y prepara su plena manifestación en Jesucristo, animando a los hombres en su corazón y haciendo germinar en la vivencia humana las semillas de la salvación definitiva que se dará al final de los tiempos”. Juan Pablo II


María era la primera en la peregrinación de la fe (cf. Redemptoris Mater, nn. 12-19), era la más iluminada, pero también la más sometida a la prueba en la aceptación del misterio. A ella le tocaba aceptar el plan divino, adorado y meditado en el silencio de su corazón. De hecho, Lucas añade: “Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón” (Lc 2, 51). Así nos recuerda lo que había escrito ya a propósito de las palabras de los pastores tras el nacimiento de Jesús: “Todos..., se maravillaban de

lo que los pastores les decían. María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón” (Lc 2, 18-19). Aquí se escucha el eco de las confidencias de María; podríamos decir, de su “revelación” a Lucas y a la Iglesia primitiva, de la que nos ha llegado el “evangelio de la infancia y de la niñez de Jesús”, que María había tratado de entender, y sobre todo había creído y meditado en su corazón. Para María la participación en el misterio no consistía sólo en una aceptación y conservación pasiva. Ella realizaba un esfuerzo personal: “meditaba”, verbo que en el original griego (symbállein) significa al pie de la letra juntar, confrontar. María intentaba captar las conexiones de los acontecimientos y de las palabras para aferrar, en la medida de sus posibilidades, su significado.

 Aquella meditación, aquella profundización interior, se realizaba bajo el influjo del Espíritu Santo. María era la primera en beneficiarse de la luz que un día su Jesús prometería a los discípulos: “El Paráclito, el Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14, 26). El Espíritu Santo, que hace entender a los creyentes y a la Iglesia el significado y el valor de las palabras de Cristo, ya obraba en María que, como madre del Verbo encarnado, era la “Sedes Sapientiae”, la Esposa del Espíritu Santo, la portadora y la primera mediadora del Evangelio sobre el origen de Jesús.

 También en los años sucesivos de Nazaret María recogía todo lo que se refería a la persona y al destino de su hijo, y reflexionaba silenciosamente sobre ello en su corazón. Tal vez no podía hacerle confidencias a nadie; tal vez sólo le era posible captar en algún momento el significado de ciertas palabras, de ciertas miradas de su hijo. Pero el Espíritu Santo no cesaba de “recordarle” en lo más íntimo de su alma lo que había visto y escuchado. La memoria de María estaba iluminada por la luz que venía de lo alto. Aquella luz está en el origen de la narración de Lucas, como éste nos quiere dar a entender al insistir en el hecho de que María  conservaba y meditaba: Ella, bajo la acción del Espíritu Santo, podía descubrir el significado superior de las palabras y de los acontecimientos, mediante una reflexión que se esforzaba por “juntarlo todo”.

 Por eso, María se nos presenta como modelo para cuantos, dejándose guiar por el Espíritu Santo, acogen y conservan en su corazón, como una buena semilla (cf. Mt 13, 23), las palabras de la revelación, esforzándose por comprenderlas lo más posible para penetrar en las profundidades del misterio de Cristo.

Editada de la Catequesis de Juan Pablo II del 04 de julio de 1990. 

(imagen de pixabay)

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