lunes, agosto 14

CONSEJOS DE LA REGLA DE SAN BENITO

Imagen de Robert Cheaib en Pixabay
Imagen de Robert Cheaib en Pixabay
 En el capítulo 4, San Benito hace una exposición sucinta de lo que él llama "Instrumentos de las buenas obras o del arte espiritual" que no son otra cosa sino consejos dirigidos a sus monjes para llevar una vida cristiana recta. 

Ante todo amar al Señor con todo el corazón, con toda el alma, y con todas las fuerzas,
y además al prójimo como a sí mismo.
Y no matar.
No cometer adulterio.
No hurtar.
No codiciar.

No levantar falso testimonio.
Honrar a todos los hombres,
y no hacer a otro lo que uno no desea para sí mismo.

Negarse a sí mismo para seguir a Cristo.
Castigar el cuerpo.
No darse a los placeres,
amar el ayuno.
Aliviar a los pobres,
vestir al desnudo,
visitar a los enfermos,
dar sepultura a los muertos,
ayudar al atribulado,
consolar al afligido.

Hacerse ajeno a la conducta del mundo,
no anteponer nada al amor de Cristo.
No consumar los impulsos de la ira,
ni guardar resentimiento alguno.
No abrigar en el corazón doblez alguna,
no dar paz fingida,
no cejar en la caridad.
No jurar, por temor a hacerlo en falso;
decir la verdad con el corazón y con los labios.

No devolver mal por mal,
no inferir injuria a otro e incluso sobrellevar con paciencia las que a uno mismo le hagan,
amar a los enemigos,
no maldecir a los que le maldicen, antes bien bendecirles;
soportar la persecución por causa de la justicia.

No ser orgulloso,
ni dado al vino,
ni glotón,
ni dormilón,
ni perezoso,
ni murmurador,
ni detractor.

Poner la esperanza en Dios.
Cuando se viera en si mismo algo bueno, atribuirlo a Dios y no a uno mismo;
el mal, en cambio, imputárselo a sí mismo, sabiendo que siempre es una obra personal.

Temer el día del juicio,
sentir terror del infierno,
anhelar la vida eterna con toda la codicia espiritual,
tener cada día presente ante los ojos a la muerte.
Vigilar a todas horas la propia conducta,
estar cierto de que Dios nos está mirando en todo lugar.

Cuando sobrevengan al corazón los malos pensamientos, estrellarlos inmediatamente contra Cristo y describirlos al anciano espiritual.
Abstenerse de palabras malas y deshonestas,
no ser amigo de hablar mucho,
no decir necedades o cosas que exciten la risa,
no gustar de reír mucho o estrepitosamente.

Escuchar con gusto las lecturas santas,
postrarse con frecuencia para orar,
confesar cada día a Dios en la oración con lágrimas y gemidos las culpas pasadas,
y de esas mismas culpas corregirse en adelante.

No poner por obra los deseos de la carne,
aborrecer la propia voluntad,
obedecer en todo los preceptos del abad, aun en el caso de que él obrase de otro modo.

No desear que le tengan a uno por santo sin serlo, sino llegar a serlo efectivamente para ser así llamado con verdad.

Practicar con los hechos de cada día los preceptos del Señor;
amar la castidad,
no aborrecer a nadie,
no tener celos,
no obrar por envidia,
no ser pendenciero,
evitar toda altivez.
Venerar a los ancianos,
amar a los jóvenes.
Orar por los enemigos en el amor de Cristo,
hacer las paces antes de acabar el día con quien se haya tenido alguna discordia.

Y jamás desesperar de la misericordia de Dios.