Según el texto de Lucas, se dio también en Jesús un crecimiento espiritual. Como médico atento a todo hombre, Lucas tuvo cuidado de anotar la realidad integral de los hechos humanos, incluido el del desarrollo del niño, en el caso de Jesús así como en el de Juan Bautista, del que también escribe que “el niño crecía y su espíritu se fortalecía” (Lc 1, 80). De Jesús dice aún más específicamente que “crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría”; “crecía en sabiduría... y en gracia ante Dios y ante los hombres”; y también: “la gracia de Dios estaba sobre él” (Lc 2, 40. 52).
En el lenguaje del evangelista el “estar sobre” una persona elegida por Dios para una misión suele atribuirse al Espíritu Santo, como en el caso de María (Lc 1, 35) y de Simeón (Lc 2, 26).
Eso significa trascendencia, señoría, acción íntima de Aquel que proclamamos “Dominum et vivificantem”. La gracia que, siempre según Lucas, estaba “sobre Jesús”, y en la que “crecía”, parece indicar la misteriosa presencia y acción del Espíritu Santo, en el que, según el anuncio del Bautista referido por los cuatro evangelios, Jesús habría de bautizar (cf. Mt 3, 11; Mc 1, 8; Lc 3, 16; Jn 1, 33).
La tradición patrística y teológica nos da una mano para interpretar y explicar el texto de Lucas sobre el “crecimiento en gracia y en sabiduría” en relación con el Espíritu Santo. Santo Tomás, hablando de la gracia, la llama repetidamente “gratia Spiritus Sancti” (cf. Summa Theol., I-II, q. 106, a. 1), como don gratuito en el que se expresa y se concreta el favor divino hacia la creatura amada eternamente por el Padre (cf. I, q. 37, a. 2; q. 110, a. 1). Y, hablando de la causa de la gracia, dice expresamente que “la causa principal es el Espíritu Santo” (I-II, q. 112, a. 1 ad 1, 2).
Se trata de la gracia justificante y santificante, que hace volver al hombre a la amistad con Dios, en el reino de los cielos (cf. I-II, q. 111, a. 1). “Según esta gracia se entiende la misión del Espíritu Santo y su inhabitación en el hombre” (I, q. 43, a. 3). Y en Cristo, por la unión personal de la naturaleza humana con el Verbo de Dios, por la excelsa nobleza de su alma, por su misión santificadora y salvífica hacia todo el género humano, el Espíritu Santo infundía la plenitud de la gracia. Santo Tomás lo afirma basándose en el texto mesiánico de Isaías: “Reposará sobre él el espíritu de Yahveh” (Is 11, 2): “Espíritu que está en el hombre mediante la gracia habitual (o santificante)” (III, q. 7, a. 1, sed contra); y basándose en el otro texto de Juan: “Hemos contemplado su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo único, lleno de gracia y de verdad” (Jn 1, 14) (Summa Theol., III, q. 7, aa. 9-10).
Con todo, la plenitud de gracia en Jesús era relativa a la edad: había siempre plenitud, pero una plenitud creciente con el crecer de la edad.
Lo mismo se puede decir de la sabiduría, que Cristo poseía desde el principio en la plenitud consentida por la edad infantil. Al avanzar en años, esa plenitud crecía en él en la medida correspondiente. Se trataba no sólo de una ciencia y sabiduría humana en relación con las cosas divinas, que en Cristo era infundida por Dios gracias a la comunicación del Verbo subsistente en su humanidad, pero también y sobre todo de la sabiduría como don del Espíritu Santo: el más alto de los dones, que “son perfeccionamiento de las facultades del alma, para disponerlas a la moción del Espíritu Santo. Ahora bien, sabemos por el evangelio que el alma de Cristo era movida perfectísimamente por el Espíritu Santo. En efecto, nos dice Lucas que ‘Jesús, lleno de Espíritu Santo, volvió del Jordán, y era conducido por el Espíritu en el desierto’ (Lc 4, 1). Por consiguiente, se hallaban en Cristo los dones de la manera más excelsa” (III, q. 7, a. 5). La sabiduría sobresalía entre esos dones.
De la Catequesis del miércoles 2 de mayo de 1990.

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