Cuarto Rostro: María Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa.
Esta estatua de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa del siglo XIX está en el altar mayor del santuario de la rue du Bac en París.
Quizá se estén Vds. preguntando por qué doy un salto de catorce siglos desde el Concilio de Efeso en 431, a las apariciones de la calle del Bac en 1830. He elegido la calle del Bac por dos razones: primero, porque es representativa de otras apariciones ya que comparte muchos elementos comunes con ellas; segundo, la Medalla Milagrosa tiene millones de devotos en todo el mundo; tercero ha tenido un lugar muy importante en la herencia de nuestra Familia Vicenciana.
Por supuesto, se debe ser muy prudente con relación a las apariciones. De éstas tenemos relatos abundantes. Sólo en Francia, se dice que entre 1803 y 1899 María se apareció en veintiún lugares. Muchas de estas apariciones se han olvidado hace ya tiempo. Entre 1928 y 1971 se ha hablado de doscientas diez apariciones en diferentes lugares del mundo. La experiencia de la iglesia nos ha enseñado a ser muy reticentes en cuanto a conceder atención excesiva a tales acontecimientos. Pero algunos de ellos, como la devoción en relación con la calle del Bac, Lourdes y Fátima, (13) han recibido cierta aprobación y aliento oficiales.
Con relación a todas estas apariciones, los creyentes tienen que recordar dos principios fundamentales:
Solo las Sagradas Escrituras, interpretadas en y según la tradición de la Iglesia, son revelaciones públicas de Dios; las apariciones no añaden una nueva revelación necesaria para nuestra salvación. El centro de la fe cristiana reside siempre en escuchar la Palabra de Dios, como la revelan las Sagradas Escrituras, y ponerla en práctica, como hizo la Santísima Virgen.
Las apariciones, los mensajes que conllevan y las preces que proponen, pertenecen al terreno de la devoción privada. Son un modo de concretar y expresar nuestra fe. En su condición de devociones privadas, cuanto más relacionadas estén a los misterios centrales de nuestra fe, tanto más pueden servirnos de ayuda.
A menudo, las apariciones transmiten, bajo un aspecto popular, un mensaje que concreta la fe o la moral cristianas, cuyas raíces se hallan en las Escrituras. Repiten con fuerza: Convertíos, buscad la paz, contemplad el amor doliente de Jesús, rezad fiel e insistentemente, imitad a María, la Madre de Jesús. Naturalmente, todos esos mensajes se hallan ya explícitamente en las Escrituras. Y en ese sentido, las apariciones no son necesarias para nuestra salvación. Nadie está obligado, por fe, a creer en ellas. Su popularidad crece y decrece. Pero se producen repetidamente, porque la imaginación popular necesita verse cautivada, y todos necesitamos recordar.
La visión de santa Catalina, en 1830, ofreció una expresión popular y un impulso potente al dogma de la Inmaculada Concepción, que Pio IX proclamó veinte años más tarde, en 1854. Ciertamente sin Catalina Labouré, los cristianos de todo el mundo nunca habrían rezado tantas veces: “¡Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que recurrimos a Vos!”. La calle del Bac sigue atrayendo a los creyentes —en realidad, a millones anualmente— para meditar en la Inmaculada Concepción de la Virgen María, en su unión de gracia con el Señor y para pedir a María, la primera entre todos los santos, que ruegue con nosotros en nuestras necesidades.
Además, la medalla siempre ha atraído de manera especial a los pobres, a los humildes. En tiempos de santa Catalina se acuñaron y se distribuyeron hasta las regiones más apartadas del mundo más de mil millones de medallas. Fue el pueblo quien le dio el nombre de “Medalla Milagrosa”. Nacida en una época de racionalismo, la medalla proclamó la necesidad de símbolos para expresar la fe, el amor, el compromiso. Acuñada en un tiempo que pretendía encontrar explicaciones científicas a todo, la medalla proclamaba el cuidado amoroso y providente de Dios por todo ser humano(14). De un modo especial, es un símbolo para los pobres, que evoca su confianza en que Dios escucha, incluso si el mundo no lo hace. (15)Las apariciones como la de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa nos recuerdan que el cuidado amoroso de Dios necesitó, y continua necesitando, encontrar una expresión humana en el mundo, especialmente por medio de los místicos y los santos.
de Robert P. Maloney, CM.