viernes, mayo 6

3 DIA EL ES AUTOR DE LA UNION HIPOSTATICA

 En el Símbolo de la Fe afirmamos que el Hijo, consubstancial al Padre, se ha hecho hombre por obra del Espíritu Santo. En la Encíclica Dominum et vivificantem escribí que “la concepción y el nacimiento de Jesucristo son la obra más grande realizada por el Espíritu Santo en la historia de la creación y de la salvación: la suprema gracia, ‘la gracia de la unión’, fuente de todas las demás gracias, como explica santo Tomás (cf. Summa Theol., III, q. 7, a. 13)... A ‘la plenitud de los tiempos’ corresponde, en efecto, una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo. ‘Por obra del Espíritu Santo’ se realiza el misterio de la ‘unidad hipostática’, esto es, la unión de la naturaleza divina con la naturaleza humana, de la divinidad con la humanidad en la única Persona del Verbo-Hijo” (n. 50; cf. L'Osservatore Romano, edición en lengua española, 8 de junio de 1986, pág. 12).
La concepción virginal de Jesucristo, como leemos en la página de Lucas sobre la anunciación (cf. Lc 1, 26-38). Es difícil explicar el origen de este texto sin pensar en una narración de María, única que podía dar a conocer lo que había acontecido en Ella en el momento de la concepción de Jesús. Las analogías que se han propuesto entre esta página y las demás narraciones de la antigüedad, y especialmente de los escritos veterotestamentarios, no se refieren nunca al punto más importante y decisivo, a saber, el de la concepción virginal por obra del Espíritu Santo. Esto constituye, en verdad, una novedad absoluta.
Es verdad que en la página paralela de Mateo leemos: “Todo esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del Señor por medio del profeta: ved que la virgen concebirá y dará a luz un hijo, y le pondrán por nombre Emmanuel” (Mt 1, 22-23). Pero, el cumplimiento supera las expectativas. Es decir, el evento comprende elementos nuevos, que no habían sido manifestados en la profecía. Así, en el caso que nos interesa, el oráculo de Isaías sobre la virgen que concebirá (cf. Is 7, 14) permanecía incompleto y, por tanto, susceptible de diversas interpretaciones. El evento de la Encarnación lo “cumple” con una perfección que era imprevisible: una concepción realmente virginal es realizada por obra del Espíritu Santo, y el Hijo dado a luz, en consecuencia, es verdaderamente “Dios con nosotros”. No se trata sólo de una alianza con Dios, sino de la presencia real de Dios en medio de los hombres, en virtud de la Encarnación del Hijo eterno de Dios: una novedad absoluta.
En la Encarnación del Hijo-Verbo se manifiesta, por tanto, de modo particular el Espíritu Santo como aquel “que da vida”. Es lo que en la Encíclica Dominum et vivificantem llamé: “una especial plenitud de la comunicación de Dios uno y trino en el Espíritu Santo” (n. 50). Es el significado más profundo de la “unión hipostática”, fórmula que refleja el pensamiento de los Concilios y de los Padres acerca del misterio de la Encarnación y, por tanto, acerca de los conceptos de naturaleza y de persona, elaborados y usados sobre la base de la experiencia de la distinción entre naturaleza y sujeto, que todo hombre percibe en sí mismo. La idea de persona nunca había sido tan netamente determinada y definida como sucedió gracias a los Concilios, después de que los Apóstoles y los evangelistas dieron a conocer el acontecimiento y el misterio de la Encarnación del Verbo “por obra del Espíritu Santo”.
En consecuencia, se puede decir que en la Encarnación el Espíritu Santo pone también las bases de una nueva antropología, que se ilumina en la grandeza de la naturaleza humana tal cual resplandece en Cristo. En Él, en efecto, alcanza el vértice más alto de la unión con Dios, “habiendo sido concebido por obra del Espíritu Santo de forma tal que un mismo sujeto fuese hijo de Dios y del hombre” (santo Tomás, Summa Theol., III, q. 2, a. 12, ad 3). No era posible al hombre ascender más arriba de este vértice, así como tampoco es posible al pensamiento humano concebir una unión más profunda con la divinidad. 

Editado de la Catequesis de Juan Pablo II del 23 de amyo de 1990.

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