miércoles, mayo 25

8 DIA EL ESPIRITU SANTO EN LOS SINOPTICOS

“¡Oh soplo bienaventurado, que llevas las naves al cielo! Muy peligroso es este mar que navegamos; pero con este aire y tal Piloto seguro iremos. ¡Cuántas naves van perdidas! ¡Cuántos vientos contrarios corren y grandes peligros! Más en soplando tú, piadoso Consolador, las vuelves a puerto seguro. ¿Quién podrá contra los bienes que nos haces y los males de que nos guardas? De allá sales como viento y allá vuelve, al Padre y al Hijo; de allá te espiran y allá espiras tú a tus amigos; allá los guías, allá los llevas, para allá los quieres”.  

SAN JUAN DE AVILA

  Los primeros capítulos del Evangelio de Lucas hablan varias veces de la acción del Espíritu Santo en las personas íntimamente vinculadas con el misterio de la Encarnación. Así, en Isabel, que con ocasión de la visita de María quedó llena de Espíritu Santo y saludó a su bendita pariente bajo la inspiración divina (cf. Lc 1, 41-45). Así, aún más, en el santo anciano Simeón, al que el Espíritu Santo se había manifestado de modo personal, anunciándole de antemano que vería al “Mesías del

Señor” antes de morir (Lc 2, 26). Bajo la inspiración y la moción del Espíritu Santo él toma al Niño en sus brazos y pronuncia aquellas palabras proféticas que encierran en una síntesis tan densa y conmovedora toda la misión redentora del Hijo de María (cf. Lc 2, 27 ss.). La Virgen María, más que cualquier otra persona, se halló bajo el influjo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), el cual le dio ciertamente la íntima percepción del misterio y el impulso del alma para aceptar su misión y para el canto de gozo en la contemplación del plan providencial de la salvación (cf. Lc 1, 26 ss.).

 En estos santos personajes se delinea como un paradigma de la acción del Espíritu Santo, Amor omnipotente que da luz, fuerza, consuelo, impulso operativo. Pero el paradigma es aún más visible en la vida del mismo Jesús, que se desarrolla toda bajo el impulso y la dirección del Espíritu, realizando en sí la profecía de Isaías sobre la misión del Mesías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18; cf. Is 61, 1). Sabemos que Jesús leyó en alta voz estas palabras proféticas en la sinagoga de Nazaret y afirmó que desde aquel momento se realizaban en él (cf. Lc 4, 21).

 En realidad las acciones y las palabras de Jesús eran la realización de la misión mesiánica en la que actuaba, según el anuncio del profeta, el Espíritu del Señor. La acción del Espíritu Santo estaba escondida en todo el desarrollo de esta misión, realizada por Jesús de modo visible, público, histórico; por ello ésta testimoniaba y revelaba, según las declaraciones de Jesús a los evangelistas y a los otros autores sagrados, también la obra y la persona del Espíritu Santo.

 También según los sinópticos, la acción del Espíritu Santo es la fuente del gozo interior más profundo. Jesús mismo experimentó esta especial “alegría en el Espíritu Santo” cuando pronunció las palabras: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10, 21; cf. Mt 11, 25-26). En el texto de Lucas y Mateo siguen las palabras de Jesús sobre el conocimiento del Padre por parte del Hijo y del Hijo por parte del Padre: conocimiento que comunica el Hijo precisamente a los “pequeños”.

 Es, pues, el Espíritu Santo el que da también a los discípulos de Jesús no sólo el poder de la victoria sobre el mal, sobre “los espíritus malignos” (Lc 10, 17), sino también el gozo sobrenatural del descubrimiento de Dios y de la vida en Él mediante su Hijo.

 Así, pues, podemos afirmar que en los sinópticos el Espíritu Santo se manifiesta como Persona que actúa en toda la misión de Cristo, y que en la vida y en la historia de los seguidores de Cristo libra del mal, da la fuerza en la lucha con el espíritu de las tinieblas, prodiga el gozo sobrenatural del conocimiento de Dios y del testimonio de Él incluso en las tribulaciones. Una persona que actúa con poder divino ante todo en la misión mesiánica de Jesús, y luego en la atracción de los hombres hacia Cristo y en la dirección de los que están llamados a tomar parte en su misión salvífica.

Nota: editado de la Catequesis del  2 de mayo de 1990 por el papa Juan Pablo II.

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