“El Espíritu Santo entra en el corazón, es decir, en el centro más profundo de la vida personal. De este modo, el Espíritu Santo que es Espíritu nuevo y renovador, crea un corazón nuevo, convierte el corazón de piedra en corazón de carne. Esto es, el Espíritu despierta el corazón y la conciencia del hombre o, por mejor decirlo, despierta al hombre mismo a una vida nueva y real que viene de Dios y está en Dios”. (G. Eveling)
La Sagrada Escritura alude, ante todo, a que el Espíritu Santo procede del Padre. Por ejemplo, en el evangelio según san Mateo, en el momento de enviar a los Doce a su primera misión, Jesús los tranquiliza así: “No os preocupéis de cómo o por qué vais a hablar...; Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10, 19-20). Luego, en el evangelio según san Juan, Jesús afirma: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). Según muchos exegetas, estas palabras de Jesús se refieren directamente a la misión temporal del Espíritu de parte del Padre; sin embargo, es legítimo ver reflejada en ellas la procesión eterna y, por tanto, el origen del Espíritu Santo del Padre.
Evidentemente, tratándose de Dios, es preciso liberar la palabra “origen” de toda referencia al orden creado y temporal; es decir, en sentido activo, se ha de excluir la comunicación de la existencia a alguien y, por tanto, la prioridad y la superioridad sobre él; y, en sentido pasivo, el paso del no ser al ser por obra de otro y, por tanto, la posterioridad y la dependencia de él. En Dios todo es eterno, fuera del tiempo; por tanto, el origen del Espíritu Santo, como el del Hijo, en el misterio trinitario, en el que las tres divinas Personas son consustanciales, es eterno. Se trata, efectivamente, de una “procesión” de origen espiritual, como sucede (aunque se trata siempre de una analogía muy imperfecta) en la “producción” del pensamiento y del amor, que permanecen en el alma en unidad con la mente de la que proceden. “Y en este sentido escribe santo Tomás la fe católica admite procesiones en Dios (Summa Theologiae, I, q. 27, a. 1; aa. 3-4).
En cuanto a la procesión y al origen del Espíritu Santo del Hijo, los textos del Nuevo Testamento, aún sin hablar de ella abiertamente, ponen de relieve relaciones muy estrechas entre el Espíritu y el Hijo. El envío del Espíritu Santo a los creyentes no es obra sólo del Padre, sino también del Hijo. En efecto, en el Cenáculo, tras haber dicho: “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14, 26), Jesús añade: “Si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).
Otros pasajes evangélicos expresan la relación entre el Espíritu y la revelación realizada por el Hijo, como en los que Jesús dice: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 14-15).
El evangelio dice claramente que el Hijo no sólo el Padre “envía” al Espíritu Santo; más aún, que el Espíritu “recibe” del Hijo lo que revela, pues todo lo que tiene el Padre es también del Hijo (cf. Jn 16, 15).
Tras la resurrección, estos anuncios encontrarán su cumplimiento cuando Jesús, después de haber entrado “estando cerradas las puertas” en el lugar en que los Apóstoles se habían escondido por temor de los judíos, “soplará” sobre ellos y dirá: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).
Junto a estos pasajes evangélicos, que son los más esenciales para nuestro asunto, existen en el Nuevo Testamento otros que demuestran que el Espíritu Santo no es sólo el Espíritu del Padre, sino también el Espíritu del Hijo, el Espíritu de Cristo. Así, en la carta a los Gálatas leemos que “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6). En otros textos, el Apóstol habla del “Espíritu de Jesucristo” (Flp 1, 19), del “Espíritu de Cristo” (Rm 8, 9) y afirma que lo que Cristo realiza por su medio (del Apóstol) tiene lugar “en virtud del Espíritu de Dios” (Rm 15, 19). No faltan otros textos parecidos a estos (cf. Rm 8, 2; 2 Co 3, 1 7 s.; 1 P 1, 11).

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