“El relato de Pentecostés en el Evangelio de san Lucas nos dice que Jesús, antes de subir al cielo, pidió a los Apóstoles que permanecieran juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu Santo. Y ellos se reunieron en oración con María en el Cenáculo a la espera del acontecimiento prometido (cf. Hch 1, 14). Reunida con María, como en su nacimiento, la Iglesia también hoy reza: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!». Amén.” Benedicto XVI
Estamos en la fase
más alta de la que hemos llamado en numerosas ocasiones la autorrevelación de
Dios: es decir, la manifestación de su misma esencia íntima y de su plan, hecha
por el Dios que Jesús nos enseñó a reconocer e invocar como Padre. Este Dios infinitamente
verdadero y bueno siempre ha usado una suerte de pedagogía transcendente para
instruirnos y atraernos hacia él. Eso ha sucedido también en la revelación del
Espíritu Santo.
El Antiguo Testamento nos presenta muchos casos de una acción constante llevada a cabo por el Espíritu de Dios que, según el lenguaje bíblico, “se posa sobre el hombre”, como sucede con Moisés, Josué, David, Elías y Eliseo. Sobre todo los profetas son los portadores del Espíritu de Dios. Tras el exilio, Ezequiel se muestra plenamente consciente del origen de su inspiración: “El Espíritu de Yahveh irrumpió en mí y me dijo: Di...” (Ez 11, 5) y Zacarías recuerda que Dios había hablado a su pueblo “por su Espíritu, por ministerio de los antiguos profetas” (Zc 7, 12). También en este período al Espíritu de Dios y a su acción se le atribuyen sobre todo los efectos de naturaleza moral (así, por ejemplo, en los salmos 50 y 142, y en el libro de la Sabiduría). A su tiempo hicimos referencia a esos pasajes y los analizamos.
Los textos más significativos e importantes son los que los profetas han dedicado al Espíritu del Señor que debía posarse sobre el Mesías, sobre la comunidad mesiánica y sobre sus miembros, y sobre todo los textos de las profecías mesiánicas de Isaías: aquí se revela que el Espíritu del Señor
se posará en primer lugar sobre el “retoño de José”, descendiente y sucesor de David (Is 11, 1-2); luego, sobre el “Siervo del Señor” (Is 42, 1), que será “alianza del pueblo y luz de las gentes” (Is 42, 6); y finalmente sobre el evangelizador de los pobres (Is 61, 1; cf. Lc 4, 18).
Según las antiguas profecías, el Espíritu del Señor renovará también el rostro espiritual del “resto de Israel”, es decir, de la comunidad mesiánica que permaneció fiel a la vocación divina; así nos lo muestran los pasajes de Isaías (44, 3; 59, 21), Ezequiel (36, 27; 37, 14), Joel (3, 1-2) y Zacarías (12,10).
De ese modo, el Antiguo Testamento, con sus abundantes referencias a la acción del Espíritu Santo de Dios, prepara la comprensión de cuanto dirá la revelación del Nuevo Testamento sobre el Espíritu Santo como Persona en su unidad con el Padre y con el Hijo.
Todo se desarrolla sobre el hilo de la pedagogía divina que educa los hombres para el conocimiento y el reconocimiento de los más altos misterios: la Trinidad, la encarnación del Verbo y la venida del Espíritu Santo. En el Antiguo Testamento todo se había concentrado en la verdad del monoteísmo, confiada a Israel, que debía defenderla y consolidarla continuamente frente a las tentaciones del politeísmo, procedentes de diversas partes.
En la Nueva Alianza llegamos a una nueva etapa: la mayor conciencia del valor de la persona con respecto al hombre creó un contexto en el que también la revelación del Espíritu Santo como Persona encuentra el terreno preparado. El Espíritu Santo es Aquel que habita en el hombre y que, al morar en él, lo santifica sobre todo con el poder del amor que es Él mismo
Catequesis
del miércoles 22 de agosto de 1990, Juan Pablo II. (editada)

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