miércoles, mayo 25

11 DIA ESPIRITU SANTO AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO

 “El fuego del Espíritu Santo es como un río incandescente que se desborda sobre todos los miembros de la Iglesia, consolida los corazones y los une con un vínculo sagrado de amor y caridad”… “Dejémonos penetrar, como los apóstoles el día de Pentecostés, por este fuego transformante. El purificará las inevitables escoria de la naturaleza, herida por el pecado”. JUAN XXIII

11 DÍA: EL ESPÍRITU SANTO AMOR DEL PADRE Y DEL HIJO[1]

 “El amor recíproco del Padre y del Hijo procede en ellos y de ellos como Persona: el Padre y el Hijo ‘espiran’ al Espíritu de Amor, consustancial a ellos”. La Iglesia, ya desde los comienzos, tenía la convicción de que el Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo como Amor.

Las raíces de la tradición de los Padres y Doctores de la Iglesia se hallan en el Nuevo Testamento, y especialmente en las palabras de San Juan en su primera carta: “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8).

Estas palabras se refieren a la misma esencia de Dios, en la que las tres Personas son una sola sustancia, y todas son igualmente Amor, es decir, Voluntad del bien, propensión interna hacia el objeto del amor, dentro y fuera de la vida trinitaria.

 Pero ha llegado el momento de advertir, con Santo Tomás de Aquino, que nuestro lenguaje es pobre en términos que expresen el acto de voluntad que lleva al amante hacia el amado. Ese acto depende de la interioridad del amor que, procediendo de la voluntad o del corazón, no es tan lúcido y consciente como el proceso de la idea de la mente.

 De aquí deriva que, mientras en la esfera del entendimiento disponemos de varias palabras para expresar, por una parte, la relación entre el sujeto que conoce y el objeto conocido (entender, comprender) y, por otra, la emanación de la idea de la mente en el acto del conocimiento (decir la Palabra, o Verbo, proceder como Palabra de la mente), no sucede lo mismo en la esfera de la voluntad y del corazón. Es cierto que, “por el hecho de que uno ama algo, resulta en él, en su afecto, una impresión, por decir así, del objeto amado, en virtud de la cual el amado está en el amante como la cosa conocida está en quien la conoce. Por eso, cuando uno se conoce y ama a sí mismo, está en sí mismo, no sólo porque es idéntico a sí mismo, sino también porque es objeto del propio conocimiento y del propio amor”. Pero, en el lenguaje humano, “no se han acuñado otras palabras para expresar la relación existente entre la afección, o impresión suscitada por el objeto amado, y el principio (interior) del que ella emana, o viceversa. Por tanto, a causa de la pobreza de vocabulario (propter vocabulorum inopiam), también esas relaciones son indicadas con los términos: amor y dilección (dilectio); y es como si uno diera al Verbo los nombres de intelección concebida, o de sabiduría engendrada”.

 De aquí la conclusión del Doctor Angélico: “Si en los términos amor y amar (diligere) se quiere indicar sólo la relación entre el amante y la cosa amada, (en la Trinidad) se refieren a la esencia divina, como los demás términos intelección y entender. Si, en cambio, usamos los mismos términos para indicar las relaciones existentes entre lo que deriva o procede como acto y objeto del amor, y el principio correlativo, de modo que Amor sea el equivalente de Amor que procede, y Amar (diligere) el equivalente de espirar el amor procedente, entonces Amor es nombre de persona...”, y es precisamente el nombre del Espíritu Santo (Summa Theologiae, I, q. 37, a. 1).

 Esa es la doctrina de Oriente y de Occidente, que el Papa León XIII tomaba de la tradición y sintetizaba en su encíclica sobre el Espíritu Santo, donde se lee que el Espíritu Santo “es la divina bondad y el recíproco Amor del Padre y del Hijo” (cf. DS 3326). Pero, para concluir, volvamos una vez más a san Agustín: “El Amor es de Dios y es Dios: por tanto, propiamente es el Espíritu Santo, por el que se derrama la caridad de Dios en nuestros corazones, haciendo morar en nosotros a la Trinidad... El Espíritu Santo es llamado con propiedad Don, por causa del Amor” (De Trinitate, XV, 18, 32: PL 42, 1082 - 1083). Por ser Amor, el Espíritu Santo es Don.



[1] Catequesis editada del miércoles 14 de noviembre de 1990, Juan Pablo II.

10 DIA EL ES PROCEDE DEL PADRE Y DEL HIJO

“El Espíritu Santo entra en el corazón, es decir, en el centro más profundo de la vida personal. De este modo, el Espíritu Santo que es Espíritu nuevo y renovador, crea un corazón nuevo, convierte el corazón de piedra en corazón de carne. Esto es, el Espíritu despierta el corazón y la conciencia del hombre o, por mejor decirlo, despierta al hombre mismo a una vida nueva y real que viene de Dios y está en Dios”. (G. Eveling)

La Sagrada Escritura alude, ante todo, a que el Espíritu Santo procede del Padre. Por ejemplo, en el evangelio según san Mateo, en el momento de enviar a los Doce a su primera misión, Jesús los tranquiliza así: “No os preocupéis de cómo o por qué vais a hablar...; Porque no seréis vosotros los que hablaréis, sino el Espíritu de vuestro Padre el que hablará en vosotros” (Mt 10, 19-20). Luego, en el evangelio según san Juan, Jesús afirma: “Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, él dará testimonio de mí” (Jn 15, 26). Según muchos exegetas, estas palabras de Jesús se refieren directamente a la misión temporal del Espíritu de parte del Padre; sin embargo, es legítimo ver reflejada en ellas la procesión eterna y, por tanto, el origen del Espíritu Santo del Padre.

 Evidentemente, tratándose de Dios, es preciso liberar la palabra “origen” de toda referencia al orden creado y temporal; es decir, en sentido activo, se ha de excluir la comunicación de la existencia a alguien y, por tanto, la prioridad y la superioridad sobre él; y, en sentido pasivo, el paso del no ser al ser por obra de otro y, por tanto, la posterioridad y la dependencia de él. En Dios todo es eterno, fuera del tiempo; por tanto, el origen del Espíritu Santo, como el del Hijo, en el misterio trinitario, en el que las tres divinas Personas son consustanciales, es eterno. Se trata, efectivamente, de una “procesión” de origen espiritual, como sucede (aunque se trata siempre de una analogía muy imperfecta) en la “producción” del pensamiento y del amor, que permanecen en el alma en unidad con la mente de la que proceden. “Y en este sentido escribe santo Tomás la fe católica admite procesiones en Dios (Summa Theologiae, I, q. 27, a. 1; aa. 3-4).

 En cuanto a la procesión y al origen del Espíritu Santo del Hijo, los textos del Nuevo Testamento, aún sin hablar de ella abiertamente, ponen de relieve relaciones muy estrechas entre el Espíritu y el Hijo. El envío del Espíritu Santo a los creyentes no es obra sólo del Padre, sino también del Hijo. En efecto, en el Cenáculo, tras haber dicho: “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre” (Jn 14, 26), Jesús añade: “Si me voy, os lo enviaré” (Jn 16, 7).

 Otros pasajes evangélicos expresan la relación entre el Espíritu y la revelación realizada por el Hijo, como en los que Jesús dice: “Él me dará gloria, porque recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso os he dicho: recibirá de lo mío y os lo anunciará a vosotros” (Jn 16, 14-15).

 El evangelio dice claramente que el Hijo no sólo el Padre “envía” al Espíritu Santo; más aún, que el Espíritu “recibe” del Hijo lo que revela, pues todo lo que tiene el Padre es también del Hijo (cf. Jn 16, 15).

 Tras la resurrección, estos anuncios encontrarán su cumplimiento cuando Jesús, después de haber entrado “estando cerradas las puertas” en el lugar en que los Apóstoles se habían escondido por temor de los judíos, “soplará” sobre ellos y dirá: “Recibid el Espíritu Santo” (Jn 20, 22).

 Junto a estos pasajes evangélicos, que son los más esenciales para nuestro asunto, existen en el Nuevo Testamento otros que demuestran que el Espíritu Santo no es sólo el Espíritu del Padre, sino también el Espíritu del Hijo, el Espíritu de Cristo. Así, en la carta a los Gálatas leemos que “Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá, Padre!” (Ga 4, 6). En otros textos, el Apóstol habla del “Espíritu de Jesucristo” (Flp 1, 19), del “Espíritu de Cristo” (Rm 8, 9) y afirma que lo que Cristo realiza por su medio (del Apóstol) tiene lugar “en virtud del Espíritu de Dios” (Rm 15, 19). No faltan otros textos parecidos a estos (cf. Rm 8, 2; 2 Co 3, 1 7 s.; 1 P 1, 11).



Editada de la Catequesis del miércoles 2 de mayo de 1990, Juan Pablo II.

9 DIA FE EN EL ES COMO PERSONA DIVINA

 “A pesar de todo el Espíritu Santo sigue estando presente en el corazón de la
humanidad. Sigue preparando en cada hombre la venida del Salvador. Está presente en las aspiraciones profundas de los hombres, de las razas y de los pueblos”.

Michel Quoist

“Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas”. Con estas palabras el símbolo niceno-constantinopolitano determina la fe de la Iglesia en el Espíritu Santo, reconocido como verdadero Dios, con el Padre y el Hijo, en la unidad trinitaria de la divinidad. Se trata de un artículo de fe, formulado por el primer Concilio de Constantinopla (381), tal vez sobre la base de un texto anterior, completando el símbolo de Nicea (325) (cf Denz.-S., Enchiridion symbolorum, 150).

 Esta fe de la Iglesia se repite de forma continua en la liturgia, que es, a su manera; no sólo una profesión, sino también un testimonio de fe. Así sucede, por ejemplo, en la doxología trinitaria que, por lo general, se usa como conclusión de las oraciones litúrgicas: “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”. Así también en las oraciones de intercesión dirigidas al Padre, “por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos”.

 También el himno “Gloria Dios en el cielo” posee una estructura trinitaria: nos hace celebrar la gloria del Padre y del Hijo juntamente con el Espíritu Santo: “...sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo, en la gloria de Dios Padre”.

 Esta fe de la Iglesia tiene su origen y se funda en la revelación divina. Dios se reveló definitivamente como Padre de Jesucristo, Hijo consubstancial, que por obra del Espíritu Santo se hizo hombre, naciendo de la Virgen María. Por medio del Hijo se reveló el Espíritu Santo. El Dios único se reveló como Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo. La última palabra del Hijo, enviado al mundo por el Padre, es la recomendación hecha a los Apóstoles: “haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). Hemos visto en las catequesis anteriores los momentos de la revelación del Espíritu Santo y de la Trinidad en la enseñanza de Jesucristo.

 

Sobre la base de la revelación hecha por Jesús y transmitida por los Apóstoles, el símbolo profesa la fe en el Espíritu Santo, del que dice que es “Señor”, como es Señor el Verbo, que asumió una carne humana: “Tu solus Dominus... cum Sancto Spiritu”. Añade, también, que el Espíritu da la vida. Sólo Dios puede conceder la vida al hombre. El Espíritu Santo es Dios. Y, en cuanto Dios, el Espíritu es el autor de la vida del hombre: de la vida “nueva” y “eterna” traída por Jesús, pero también de la existencia en todas sus formas: del hombre y de todas las cosas (Creator Spiritus).

 Esta verdad de fe fue formulada en el símbolo niceno-constantinopolitano porque la consideraban y aceptaban como revelada por Dios mediante Jesucristo y estaban convencidos de que formaba parte del “depósito de la revelación” transmitido por los Apóstoles a las primeras comunidades, de las que pasó a la constante enseñanza de los Padres de la Iglesia.

 Además, el símbolo atribuye, de un modo totalmente particular, a esta tercera Persona de la Trinidad el ser el autor divino de la profecía: El es quien “habló por los profetas”. Así se reconoce el origen de la inspiración de los profetas del Antiguo Testamento, comenzando por Moisés (cf. Dt 34, 10) y hasta Malaquías, quienes nos han dejado por escrito las instrucciones divinas. Fueron inspirados por el Espíritu Santo. David, que era también él “profeta” (Hch 2, 30), decía eso de sí mismo (2 S 22, 2); y lo decía Ezequiel (Ez 11, 5). En su primer discurso, Pedro manifestó esta fe, afirmando que “el Espíritu Santo había hablado por boca de David” (Hch 1, 16) y lo mismo expresó el autor de la carta a los Hebreos (Hb 3, 7; 10, 15). Con gratitud profunda, la Iglesia recibe las Escrituras proféticas como un don precioso del Espíritu Santo, el cual se manifestó así presente y operante desde los comienzos de la historia de la salvación



Editado de la Catequesis del miércoles 31 de octubre de 1990, Juan Pablo II.

8 DIA EL ESPIRITU SANTO EN LOS SINOPTICOS

“¡Oh soplo bienaventurado, que llevas las naves al cielo! Muy peligroso es este mar que navegamos; pero con este aire y tal Piloto seguro iremos. ¡Cuántas naves van perdidas! ¡Cuántos vientos contrarios corren y grandes peligros! Más en soplando tú, piadoso Consolador, las vuelves a puerto seguro. ¿Quién podrá contra los bienes que nos haces y los males de que nos guardas? De allá sales como viento y allá vuelve, al Padre y al Hijo; de allá te espiran y allá espiras tú a tus amigos; allá los guías, allá los llevas, para allá los quieres”.  

SAN JUAN DE AVILA

  Los primeros capítulos del Evangelio de Lucas hablan varias veces de la acción del Espíritu Santo en las personas íntimamente vinculadas con el misterio de la Encarnación. Así, en Isabel, que con ocasión de la visita de María quedó llena de Espíritu Santo y saludó a su bendita pariente bajo la inspiración divina (cf. Lc 1, 41-45). Así, aún más, en el santo anciano Simeón, al que el Espíritu Santo se había manifestado de modo personal, anunciándole de antemano que vería al “Mesías del

Señor” antes de morir (Lc 2, 26). Bajo la inspiración y la moción del Espíritu Santo él toma al Niño en sus brazos y pronuncia aquellas palabras proféticas que encierran en una síntesis tan densa y conmovedora toda la misión redentora del Hijo de María (cf. Lc 2, 27 ss.). La Virgen María, más que cualquier otra persona, se halló bajo el influjo del Espíritu Santo (cf. Lc 1, 35), el cual le dio ciertamente la íntima percepción del misterio y el impulso del alma para aceptar su misión y para el canto de gozo en la contemplación del plan providencial de la salvación (cf. Lc 1, 26 ss.).

 En estos santos personajes se delinea como un paradigma de la acción del Espíritu Santo, Amor omnipotente que da luz, fuerza, consuelo, impulso operativo. Pero el paradigma es aún más visible en la vida del mismo Jesús, que se desarrolla toda bajo el impulso y la dirección del Espíritu, realizando en sí la profecía de Isaías sobre la misión del Mesías: “El Espíritu del Señor sobre mí, porque me ha ungido para anunciar a los pobres la Buena Nueva, me ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos” (Lc 4, 18; cf. Is 61, 1). Sabemos que Jesús leyó en alta voz estas palabras proféticas en la sinagoga de Nazaret y afirmó que desde aquel momento se realizaban en él (cf. Lc 4, 21).

 En realidad las acciones y las palabras de Jesús eran la realización de la misión mesiánica en la que actuaba, según el anuncio del profeta, el Espíritu del Señor. La acción del Espíritu Santo estaba escondida en todo el desarrollo de esta misión, realizada por Jesús de modo visible, público, histórico; por ello ésta testimoniaba y revelaba, según las declaraciones de Jesús a los evangelistas y a los otros autores sagrados, también la obra y la persona del Espíritu Santo.

 También según los sinópticos, la acción del Espíritu Santo es la fuente del gozo interior más profundo. Jesús mismo experimentó esta especial “alegría en el Espíritu Santo” cuando pronunció las palabras: “Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños. Sí, Padre, pues tal ha sido tu beneplácito” (Lc 10, 21; cf. Mt 11, 25-26). En el texto de Lucas y Mateo siguen las palabras de Jesús sobre el conocimiento del Padre por parte del Hijo y del Hijo por parte del Padre: conocimiento que comunica el Hijo precisamente a los “pequeños”.

 Es, pues, el Espíritu Santo el que da también a los discípulos de Jesús no sólo el poder de la victoria sobre el mal, sobre “los espíritus malignos” (Lc 10, 17), sino también el gozo sobrenatural del descubrimiento de Dios y de la vida en Él mediante su Hijo.

 Así, pues, podemos afirmar que en los sinópticos el Espíritu Santo se manifiesta como Persona que actúa en toda la misión de Cristo, y que en la vida y en la historia de los seguidores de Cristo libra del mal, da la fuerza en la lucha con el espíritu de las tinieblas, prodiga el gozo sobrenatural del conocimiento de Dios y del testimonio de Él incluso en las tribulaciones. Una persona que actúa con poder divino ante todo en la misión mesiánica de Jesús, y luego en la atracción de los hombres hacia Cristo y en la dirección de los que están llamados a tomar parte en su misión salvífica.

Nota: editado de la Catequesis del  2 de mayo de 1990 por el papa Juan Pablo II.

viernes, mayo 13

7 DIA REVELACIÓN DEL ESPÍRITU COMO PERSONA

 “Señor, con vos solo estoy contento; vos solo bastáis para saciarme; sin vos no quiero a nadie y con vos todo lo tengo; estad vos conmigo y fáltenme todos;  consoladme vos y desconsuéleme todo el mundo; sed vos conmigo y todo el resto contra mí”.

SAN JUAN DE AVILA

Después de su resurrección, Jesús se apareció a los once Apóstoles y les dijo: “Id, pues; enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt 28, 19). El Apóstol y evangelista Mateo es quien, al final de su evangelio, refiere esta orden con que Jesucristo envía a los Apóstoles por todo el mundo para que sean sus testigos y continúen su obra de salvación. A esas palabras corresponde nuestra antiquísima tradición cristiana, según la cual el bautismo se suele administrar en el nombre de la Santísima Trinidad. Pero en el texto de Mateo se halla contenido también el que podemos considerar como último testimonio de la revelación de la verdad trinitaria, que comprende la manifestación del Espíritu Santo como Persona igual al Padre y al Hijo, consustancial a ellos en la unidad de la divinidad.

En efecto, la expresión evangélica de Mateo (28, 19) revela claramente al Espíritu Santo como Persona, porque lo nombra junto a las otras dos Personas de modo idéntico, sin sugerir ninguna diferencia al respecto: “el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo”. Del evangelio de Mateo resulta evidente que el Padre y el Hijo son dos Personas distintas: “el Padre” es aquel a quien Jesús llama “mi Padre celestial” (Mt 15, 13; 16, 17; 18, 35); “el Hijo” es Jesús mismo, designado así por una voz venida del cielo en el momento de su bautismo (Mt 3, 17) y de su transfiguración (Mt 17, 5), y reconocido por Simón Pedro como “el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16, 16). A estas dos Personas divinas es ahora asociado, de modo idéntico, “el Espíritu Santo”. Esta asociación se hace aún más estrecha por el hecho de que la frase habla del nombre de los Tres, ordenando bautizar a todas las gentes “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. En la Biblia la expresión “en el nombre de” normalmente sólo se usa para referirse a personas. Además, es notable el hecho de que la frase evangélica use el término “nombre” en singular, a pesar de mencionar a varias personas. De todo ello se deduce, de modo inequívoco, que el Espíritu Santo es una tercera Persona divina, estrechamente asociada al Padre y al Hijo, en la unidad de un solo “nombre” divino.

 Reconocer al Espíritu Santo como Persona es una condición esencial para la vida cristiana de fe y de caridad.

 La revelación del Espíritu Santo en su relación con el Padre y con el Hijo se puede ver también en el relato de la anunciación (Lc 1, 26-38). Según la narración de Lucas, el ángel Gabriel, enviado por Dios a una virgen que llevaba por nombre María, le anunció la voluntad del Padre eterno con las siguientes palabras: “Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo” (Lc 1, 31-32). Y, cuando María preguntó cómo se realizaría eso en su condición virginal, el ángel le respondió: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios” (Lc 1, 34-35).

 Por consiguiente, la revelación del Espíritu Santo como Persona subsistente en la unidad trinitaria de la divinidad es puesta de relieve de modo especial en el misterio de la Encarnación del Hijo eterno de Dios y en el misterio de la “adopción” divina de los hijos del género humano. Y en este misterio halla su constante cumplimiento el anuncio de Juan con respecto a Cristo, en el Jordán: “Él os bautizará en Espíritu Santo” (Mt 3, 11). Esta “adopción” sobrenatural se realiza en el orden sacramental precisamente mediante el bautismo “de agua y de Espíritu” (Jn 3, 5).

Editado de: Catequesis del miércoles 29 de agosto de 1990, Juan Pablo II.