jueves, octubre 9

CINCO ROSTROS DE MARÍA (III)...

Tercer Rostro: María Madre de Dios
Esta escena de la natividad de gran altura teológica, con su motivación trinitaria, procede de un artista de la Escuela de Bolonia, del floreciente en los siglos XVII y XVIII. El cuadro refleja muchos temas de las narraciones de la infancia de Mateo y Lucas: La Providencia de Dios, el Espíritu, los ángeles, los sueños de José la paz de María.

La mariología ha tenido sus altos y bajos. El Evangelio de Marcos y algunos de los Padres de la iglesia se interesan poco por ella. Lucas y Juan, por el contrario, ponen de relieve el papel que María ha desempañado en la historia de la salvación. Pero la mariología tuvo un importante impulso cuando, en el año 431 en el Concilio de Efeso, María fue proclamada “Madre de Dios”. Es éste, ciertamente, el más glorioso de los títulos de María.

Sin embargo, no es simplemente un título Mariano, su fin fue reafirmar la divinidad de Jesús. Este título fue una reacción al arrianismo de los siglos IV y V que negaban la divinidad de Cristo. La Iglesia respondió declarando claramente: María no es simplemente quien dio a luz a un ser humano, profundamente espiritual, Jesús, sino que el Concilio de Efeso afirmó: María ha dado a luz a quien es Dios encarnado.

Nosotros repetimos sin cesar este título en el Avemaría. Los iconos de la iglesia de Oriente, donde este título nació y donde fue proclamado en Efeso, representan a María con el Niño Divino en su seno o junto a Ella, bendiciendo al mundo. Con frecuencia la vemos en los mosaicos al lado del Señor resucitado en la gloria. Por importante que sea este título, es fácil comprenderlo mal. Tiene una larga historia de controversias. En la edad ecuménica en que ahora nos encontramos, es esencial recordar que proclamar a María Madre de Dios, es profesar nuestra fe en la divinidad de Jesús. En este sentido, este título mariológico es profundamente cristológico.

¿Qué podemos aprender de este tercer rostro de María? Podemos aprender que su función fue singular. María fue, por decirlo así, el Arca de la Alianza, la morada de Dios. Su relación con la persona de Jesús es irrepetible: Ella fue su Madre; Él es carne de su carne. Sin embargo, los pobres siempre han observado, como María misma canta en el Evangelio de Lucas, que Dios la escogió de entre ellos.(12) El Nuevo Testamento y la larga tradición de la iglesia nos enseñan, además, que la relación única de María con Dios, en su Hijo, no procede sólo de su relación física con Él, sino de su concepción previa en la fe. Escogida entre los pobres, la unión íntima de María con Dios procede de su respuesta: “Hágase en mí según tu palabra”. Para los pobres, María es signo de esperanza. En ella ven a los humildes ensalzados y están seguros de que, con su ayuda, sus penas pueden transformarse en alegría e incluso la muerte misma puede conducir a la vida con el Señor Resucitado. En María reconocen que el abandono de acción de Dios, permite a Dios nacer de nuevo en ellos y en su mundo.

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