miércoles, marzo 25

ANUNCIACION Y ENCARNACION


La Trinidad concierta la Encarnación en María[1]
imagen de pixabay.com

                            
"Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (san Juan 3,16)
La palabra Dios significa, entre otras cosas, "que se da", es decir, "que se comunica" en el seno de la Trinidad, eternamente; y lo mismo antes de los siglos que en el tiempo, porque es el principio fecundo de toda comunicación íntima y de toda creación. Y Dios se da, ciertamente, porque su Ser, esencia es caridad, amor que se comunica.
Pues bien, figurémonos una mirada de afecto, de infinita complacencia, rebosante de inefable ternura entre las divinas Personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, en que se comunican mutuamente la vida y el amor...
Contemplemos contristada, en cierto modo, a la Trinidad, al mirar el pecado del hombre; y cómo planea la Redención, obra del infinito Amor. Don del Amor divino, que hizo que todo un Dios se diese al hombre y tuviera en él sus delicias en la Encarnación del Verbo... Porque Dios es amor. Y ¡amor que se da!...
Escuchemos el siguiente diálogo entre el Padre y su Hijo divino:
"Padre mío, ¿en qué puedo complacerte, puesto que soy el Hijo más amable, cariñoso y tierno? Te amo con un amor infinito, como sabes, porque en el principio ya era contigo y el Espíritu Santo; Yo vivo de tu vida y darte gloria es mi única delicia. ¿Qué te contrista?"
-          "¡La Humanidad!, Hijo mío; ¡pues en esas almas está la imagen de la Trinidad, porque Yo, al crearlas, puse en ellas mi sello inmortal, una comunicación de mi mismo ser, y las amo como cosa mía! ¡Se necesita redimirlas! ¡El cielo se cerró por el pecado!"
"Lo comprendo todo, Padre, porque Yo amo con tu mismo amor, con tu infinita caridad. Bajaré a la tierra, descenderé y me anonadaré. En el seno de una Virgen Inmaculada tomaré carne purísima y así cumpliré la promesa que hiciste en el Paraíso... ¡Tú justicia quedará satisfecha y la humanidad salvada!"
-          "Hijo mío, la soberbia inunda la tierra".
"Me humillaré sin medida ni límites".
-          "La sensualidad y la ambición de riquezas inunda el mundo".
"Naceré en un pesebre de bestias y no tendré dónde reclinar mi cabeza".
-          "La impureza, comodidades y regalos ahogan al mundo".
"Seré la pureza por esencia, Padre, no rehusaré ningún sacrificio".
-          "¡La ofensa hecha a mí es inmensa!".
"La borraré con mi obediencia a tu voluntad. ¡Así quedarás satisfecho, Padre mío!"
Y entonces, el Padre envolvería a su Hijo con una mirada de infinita gratitud...  ¡Qué abismos de caridad!... ¡Meditemos... y agradezcamos!
El Espíritu Santo, que escucharía este diálogo sublime entre el Padre y el Hijo, a su vez diría:
"Yo realizaré esa obra; porque es obra de Amor -la Encarnación en María- en esa criatura perfectísima concebida sin pecado y que, en la mente divina, existe desde toda la eternidad... Yo uniré un Alma preciosísima al Cuerpo sagrado que formaré de la sangre de una Virgen, y nacerá de Ella. Por el mayor de los portentos, quedará la Virgen siempre pura y verdadera Madre de Dios. ¡Ha llegado el feliz instante! Yo perfeccionaré esa criatura, como un pintor enamorado de su obra predilecta; será concebida sin la mancha original; en su alma purísima y en su cuerpo, mi "templo vivo", infundiré mis dones y carismas; y será el trono de la Sabiduría. Y esa Virgen "concebirá y dará a luz un Hijo y se le pondrá por nombre Jesús" (san Lucas 1,31), es decir ¡Salvador!... Ya mi gozo es indecible, consagraré ese Tabernáculo. Ella será la Rosa mística, la Flor de los campos de la Iglesia".
¡Cuánto amaba a María desde entonces el Espíritu Santo!
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ORACIÓN
¡Trinidad Santísima, te contemplo y te amo en la eternidad de tu Ser! En mi humilde pequeñez, te alabo, Padre, porque nos has dado a tu propio Hijo, al Verbo que bajó al mundo y se ofreció por nosotros, al Espíritu Santo que realizó la Encarnación.
¡Espíritu amadísimo, dame un corazón muy grande que sepa sentir y agradecer la misericordiosa bondad de la Santísima Trinidad y que, no con palabras sino con hechos, le pruebe mi fidelidad. Amen.


[1] Cfr. san Juan 1,1-3.14-15; 3,16-18. Texto tomado del libro de Concepción Cabrera Armida, Ven Oh Espíritu Santo. Este dialogo intra Trinitario lo escuché por primera vez en el año 2004 en Bogotá en Santa Gemma Galgani en una comunidad de oración donde nos reuníamos los jueves a orar por los sacerdotes y a recoger fondos para ayudarlos con Jairito su esposa Cristina, Margarita, etc. Desde ahí nunca más lo oí y me quedé sin saber de dónde había sido tomado hasta que llego a mis manos en el año del Señor 2018. Para ustedes con cariño este recuerdo de mi vida personal.

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